Para todos los que se la pasan saboreando el amargo de la crítica sin sentido.
¡Venga! atácame pequeño
pero tremendo gigante,
tan sabio e intolerante
que etiquetas siempre el sueño
de quien sueña con ser dueño
del oficio que le aprieta
fuerte el nudo a la agujeta
del zapato de su vida.
Enlimona más la herida,
pisotea más la banqueta.
Vos, te pensás intachable,
jefe de oficios cualquieras,
campeón tirador de piedras
(de piedras abominables)
que agrietan lo inagrietable.
Magnate de vil veneno,
ves paja en el ojo ajeno
sin ver la pobre pobreza
de tu pluma y su destreza
de animal mastica-heno.
Seguí con vuestra batalla
por la ignorancia (acá: cultura)
tan museo y tan sepultura
de bajarte,vos, las mallas
al decirnos lo que callas
y que no nos interesa.
Mejor ve y limpia tu mesa
que está llena de migajas
de la gente que trabaja
idolatrando a la pereza.
También ve a pedir monedas
para tu causa perdida
de asegurar al suicida,
de cuadricular la rueda,
de manchar con hiel la seda
del que se mira al espejo
y ve marfil en su reflejo
por tener un buen futuro.
Con gotitas de Cianuro
matar debieras tus complejos.
miércoles, 27 de octubre de 2010
martes, 26 de octubre de 2010
Cerrajero
Traje en el bolsillo un llavero con todas las llaves del mundo. No había cerradura que no pudiera abrir, desde la de una cajita musical (bailarina de ballet incluída) hasta la del baúl de los recuerdos de algún paciente con Alzheimmer avanzado.
Me sentía confianzudo y arrogante de saber que no había lugar al cual no pudiera tener acceso. Siempre puertas abiertas, siempre cerrojos idiotas, hasta el día en que conocí su corazón.
Una fortaleza impenetrable con la fachada de un set de programa infantil para la TV. Con olor a gajos de mandarina y con la esencia de una cabaña rústica en la mitad de la nada.
Llegué y me di cuenta que no había puerta ni ventanas, menos cerraduras o candados. Fue entonces que arrojé lejos mi llavero multiusos y entendí que a veces, para poder entrar a los lugares más insospechados (los más insospechables) basta simple y sencillamente con pedir permiso.
Me sentía confianzudo y arrogante de saber que no había lugar al cual no pudiera tener acceso. Siempre puertas abiertas, siempre cerrojos idiotas, hasta el día en que conocí su corazón.
Una fortaleza impenetrable con la fachada de un set de programa infantil para la TV. Con olor a gajos de mandarina y con la esencia de una cabaña rústica en la mitad de la nada.
Llegué y me di cuenta que no había puerta ni ventanas, menos cerraduras o candados. Fue entonces que arrojé lejos mi llavero multiusos y entendí que a veces, para poder entrar a los lugares más insospechados (los más insospechables) basta simple y sencillamente con pedir permiso.
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