martes, 26 de octubre de 2010

Cerrajero

Traje en el bolsillo un llavero con todas las llaves del mundo. No había cerradura que no pudiera abrir, desde la de una cajita musical (bailarina de ballet incluída) hasta la del baúl de los recuerdos de algún paciente con Alzheimmer avanzado.

Me sentía confianzudo y arrogante de saber que no había lugar al cual no pudiera tener acceso. Siempre puertas abiertas, siempre cerrojos idiotas, hasta el día en que conocí su corazón.

Una fortaleza impenetrable con la fachada de un set de programa infantil para la TV. Con olor a gajos de mandarina y con la esencia de una cabaña rústica en la mitad de la nada.

Llegué y me di cuenta que no había puerta ni ventanas, menos cerraduras o candados. Fue entonces que arrojé lejos mi llavero multiusos y entendí que a veces, para poder entrar a los lugares más insospechados (los más insospechables) basta simple y sencillamente con pedir permiso.

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