La distancia es un invento, un pretexto de los que no quieren o no saben quedarse (y por «quedarse» quiero decir «estar»). Si somos francos, lo más lejos que puede estar una persona es un boleto de autobús, de tren o de avión y todo eso, se soluciona de muchas maneras.
«No existe la distancia cuando hay voluntad». La gente que entiende esto sabe que no hay razón para preocuparse por unos cuántos kilómetros, por un par de horas de ausencia o por unos cuántos minutos de silencio.
Supe el oscuro y profundo secreto de la distancia cuando vivía en la misma ciudad que una chica a la que amaba y a la que no podía visitar ni llamar nunca. Ahí lo entendí todo. Supe que la excusa que nos venden los que se justifican con la distancia es igual de burda que las promesas de los políticos y de los religiosos.
No se preocupe por la distancia, al menos de este lado, las ganas y la intención no faltan. Desde aquella vez que la abracé como si no hubiera un mañana le entregué las llaves de este pequeño departamento en recontrucción que soy.
Pase.
Siempre es bienvenida.
Que acá donde yo, no le faltará lo básico: casa (un corazón), comida (besos) y abrigo (abrazos). Todo sazonado con la libertad necesaria para que vaya y venga como sea su voluntad, porque acá, lo que más importa, es la fogata de su sonrisa llenándolo todo de luz y de calor.
No estoy, no está, no estamos lejos. Arrímese.
lunes, 5 de diciembre de 2016
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Entre líneas
Realmente me parece que si lees entre líneas y con cuidado, te darás cuenta que tu nombre está en todas las cosas que escribo, en las cosas que hago, en las cosas que digo. Salvando todas las distancias, tu nombre es como el polvo que lo cubre todo y que, por más que se limpia, siempre vuelve a cubrir con su cortina todo lo que tenga superficie suficiente.
En serio, a veces soy un poquito más cobarde, y te diré que no es que yo quiera nombrarte a propósito, es que tu nombre ya está ahí mucho antes de que yo lo escriba, lo haga o lo diga.
Ganas de decirlo no me faltan: tu nombre respira, tiene pulso, vida propia, es capaz de moverse por todos lados y no levantar sospechas de sus verdaderas intenciones. Se camufla a voluntad y acecha peligrosamente en todos los silencios (incómodos y no). Tu nombre muerde y deja marca en el cuello, como los vampiros. Tu nombre aprieta la garganta y corta la respiración, deja moretones, provoca ansiedades que ningún medicamento puede controlar.
Imperioso —y antes que la cordura tome los controles— hay que aprovechar el jalón y escribir cuanto se pueda (y se deje) sobre tu nombre y sus desembocaduras, sus rutas, sus puertas de salida, sus ventanas, sus chimeneas, sus túneles de escape, sus llaves ocultas bajo el tapete de la entrada, sus paredes. Escribir como si fueras a leer; y a sonreír por haber leído.
No rápido sino lento, como cuando se aprende a caminar, es como debe saborearse tu nombre para que su sabor llegue derechito hasta el paladar. Lento, como un danzón de jardincito dominical y terceras edades.
Ahora imagínate nomás lo que seria que, leyendo, te encontraras. Aunque tampoco es para tanto, ya que siempre habrá árboles que quieran traer tu nombre de tatuaje.
En serio, a veces soy un poquito más cobarde, y te diré que no es que yo quiera nombrarte a propósito, es que tu nombre ya está ahí mucho antes de que yo lo escriba, lo haga o lo diga.
Ganas de decirlo no me faltan: tu nombre respira, tiene pulso, vida propia, es capaz de moverse por todos lados y no levantar sospechas de sus verdaderas intenciones. Se camufla a voluntad y acecha peligrosamente en todos los silencios (incómodos y no). Tu nombre muerde y deja marca en el cuello, como los vampiros. Tu nombre aprieta la garganta y corta la respiración, deja moretones, provoca ansiedades que ningún medicamento puede controlar.
Imperioso —y antes que la cordura tome los controles— hay que aprovechar el jalón y escribir cuanto se pueda (y se deje) sobre tu nombre y sus desembocaduras, sus rutas, sus puertas de salida, sus ventanas, sus chimeneas, sus túneles de escape, sus llaves ocultas bajo el tapete de la entrada, sus paredes. Escribir como si fueras a leer; y a sonreír por haber leído.
No rápido sino lento, como cuando se aprende a caminar, es como debe saborearse tu nombre para que su sabor llegue derechito hasta el paladar. Lento, como un danzón de jardincito dominical y terceras edades.
Ahora imagínate nomás lo que seria que, leyendo, te encontraras. Aunque tampoco es para tanto, ya que siempre habrá árboles que quieran traer tu nombre de tatuaje.
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