No me he levantado y todo porque ni la cama ha podido escupirme. Esto parece ser la señalización de que están por llegar mis días de depresión.
Y es que yo también me deprimo, como las aves que no vuelan y como los caracoles velocistas. Me deprimo porque aprendí a hacerlo. Me deprimo porque es fácil, porque es barato y porque puedo hacerlo a solas, a oscuras y a ciegas.
Uno puede hacerlo todo cuando está deprimido, como por ejemplo: intentar detener un tren con las manos o sentarse a leer un buen libro. Ver una película o comerse el postre más delicioso del mundo, pero nada tendría sentido, sabor, color.
La depresión altera la realidad, le quita los colores al mundo, estorba al caminar como una piedra en el zapato, da comezón como un piquete de mosquito. Duele como un dolor de muelas.
Mi remedio para ella es hablarle a las banquetas, traer las manos en los bolsillos, ahorrar sonrisas para usarlas en un momento de mayor (y mejor) urgencia, ponerme el cielo como una playera sin planchar y tararear alguna canción de la que no me he aprendido la letra.
Y es que la depresión, como tantas otras enfermedades, no es curable, solamente es tratable.
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