jueves, 2 de junio de 2011

Desvelo.

Siempre que voy a empezar a escribir, me asomo a la ventana y me doy cuenta que es de noche, que casi no hay gente afuera y que se escucha un concierto acústico de unos cuantos grillos en el patio trasero de mi casa (o de donde sea que ande).
Comenzar a escribir (sobre cualquier cosa) es tirarse de un avión sin paracaídas. No sabe uno a dónde es que va a aterrizar, y, sobre todo, si es que va a aterrizar entero.

Yo tiendo a escribir sobre el mismo tema: un amor que no tengo.

Es así como exorciso mis demonios, escribiéndolos fuera de mi, lejos. La cosa es que los muy hijos de puta sólo se van de parranda y regresan entrada la madrugada a despertarme, a no dejarme seguir soñando con ese amor que no tengo (aunque en el sueño Sí lo haya tenido).

Me he acostumbrado a dormir poco, a cerrar las cortinas en la mañana y quedarme tirado en cama, dormitando (mejor dicho: fingiendo que duermo) para ver si así logro engañar al insomnio y consigo tener (aunque sean prestadas) unas cuantas horas de sueño.

Y es que, de verdad, a mí me gusta dormir. Porque durmiendo sueño y cuando sueño, la veo a ella, conmigo, aquí. Y bueno, eso, a tipos como yo, nos hace muy felices.

Me voy a dormir (o a ver si duermo) y de mientras, dejo anotado ésto en mi cuaderno de trabajo:

"Escribo de noche porque la luz del sol hace que se me percudan las ideas"

No hay comentarios:

Publicar un comentario