domingo, 5 de enero de 2014

Ley de los estados equivalentes.

Para hablar de cómo la quiero, de cuánto la quiero o de por qué la quiero podría usar cualquier espacio en donde se me conceda la palabra. Para mí, ella es el barco, el mar y la tormenta; todos en un mismo (e inmejorable) empaque. Me sabe suyo, tal y como ella es para sí.

Me desencadena los insomnios, las sonrisas, los llantos, el anhelo de llegar, las ganas de irme, la razón para quedarme. Articula frases cortas que me erizan la piel del mismo modo en que lo hace el frío de una madrugada de enero.

Es mi melena de Sansón, mi talón de Aquiles, mi refugio. Desconoce el epicentro en que me ha convertido el pecho; pero no es su culpa. Yo, como buen profesional en el uso de la discreción y sus motivos he sabido quedarme callado, lo suficiente como para que haya habido tiempo de recoger escombros, de cimentar reconstrucciones.

Yo sería incapaz de llamarla por calificativos deleznables. Siendo ella la flor más bonita de mi balcón, no me queda más que aprender a regar con soltura.

(Y es que he oído que hay flores que se han escapado de sus macetas).

Siempre, al querer tanto a alguien, se desquiere a otro alguien que, generalmente, terminamos por ser nosotros mismos. Y no, no es demagogia, es una ley de la alquimia llamada «Ley de los estados equivalentes» que dicta que si quieres obtener algo, debes dar algo del mismo valor a cambio.

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