miércoles, 9 de noviembre de 2016

Entre líneas

Realmente me parece que si lees entre líneas y con cuidado, te darás cuenta que tu nombre está en todas las cosas que escribo, en las cosas que hago, en las cosas que digo. Salvando todas las distancias, tu nombre es como el polvo que lo cubre todo y que, por más que se limpia, siempre vuelve a cubrir con su cortina todo lo que tenga superficie suficiente.

En serio, a veces soy un poquito más cobarde, y te diré que no es que yo quiera nombrarte a propósito, es que tu nombre ya está ahí mucho antes de que yo lo escriba, lo haga o lo diga.

Ganas de decirlo no me faltan: tu nombre respira, tiene pulso, vida propia, es capaz de moverse por todos lados y no levantar sospechas de sus verdaderas intenciones. Se camufla a voluntad y acecha peligrosamente en todos los silencios (incómodos y no). Tu nombre muerde y deja marca en el cuello, como los vampiros. Tu nombre aprieta la garganta y corta la respiración, deja moretones, provoca ansiedades que ningún medicamento puede controlar.

Imperioso —y antes que la cordura tome los controles— hay que aprovechar el jalón y escribir cuanto se pueda (y se deje) sobre tu nombre y sus desembocaduras, sus rutas, sus puertas de salida, sus ventanas, sus chimeneas, sus túneles de escape, sus llaves ocultas bajo el tapete de la entrada, sus paredes. Escribir como si fueras a leer; y a sonreír por haber leído.

No rápido sino lento, como cuando se aprende a caminar, es como debe saborearse tu nombre para que su sabor llegue derechito hasta el paladar. Lento, como un danzón de jardincito dominical y terceras edades.

Ahora imagínate nomás lo que seria que, leyendo, te encontraras. Aunque tampoco es para tanto, ya que siempre habrá árboles que quieran traer tu nombre de tatuaje.

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