La distancia es un invento, un pretexto de los que no quieren o no saben quedarse (y por «quedarse» quiero decir «estar»). Si somos francos, lo más lejos que puede estar una persona es un boleto de autobús, de tren o de avión y todo eso, se soluciona de muchas maneras.
«No existe la distancia cuando hay voluntad». La gente que entiende esto sabe que no hay razón para preocuparse por unos cuántos kilómetros, por un par de horas de ausencia o por unos cuántos minutos de silencio.
Supe el oscuro y profundo secreto de la distancia cuando vivía en la misma ciudad que una chica a la que amaba y a la que no podía visitar ni llamar nunca. Ahí lo entendí todo. Supe que la excusa que nos venden los que se justifican con la distancia es igual de burda que las promesas de los políticos y de los religiosos.
No se preocupe por la distancia, al menos de este lado, las ganas y la intención no faltan. Desde aquella vez que la abracé como si no hubiera un mañana le entregué las llaves de este pequeño departamento en recontrucción que soy.
Pase.
Siempre es bienvenida.
Que acá donde yo, no le faltará lo básico: casa (un corazón), comida (besos) y abrigo (abrazos). Todo sazonado con la libertad necesaria para que vaya y venga como sea su voluntad, porque acá, lo que más importa, es la fogata de su sonrisa llenándolo todo de luz y de calor.
No estoy, no está, no estamos lejos. Arrímese.
No hay comentarios:
Publicar un comentario