domingo, 29 de junio de 2014

Bajo la piedra de río

Ya son tres los cigarrillos que han dado la vida por esta idea que estoy buscando aterrizar. Hablar de que vuelves, de que la espera terminó, de que el naufragio no fue más que un mar abierto que amainó con el amanecer. Afuera, la noche hace ruidos de ciudad adormecida. Adentro, la sangre que bombea por la carretera de mis venas a paso de Mustang 67.

Vuelves y me cimbras el destino, me adormeces el pasado, descongelas los latidos que, sin ti, se han vuelto compases arrítmicos y desfasados de este baterista amateur de Funk que es mi corazón cuando tu nombre.

Lo bueno fue que me dediqué a ordenar la casa, la vida y el semblante. Quería que me vieras mejor que cuando te fuiste. Seguí vivo y viviendo. Pude darme cuenta de que las tristezas ya no me duran como antes. Toqué fondo y salí a la superficie el mismo día. Me descubrí siendo una versión mejorada del que fui cuando creí que no podía ser mejor.

Me gusta esta cotidianidad de lo nuestro, a veces tan Buster Keaton y otras tantas tan Robert De Niro. Me gusta que se nos vean las costuras porque así sabemos de qué estamos hechos y qué es lo que traemos por dentro.

No lo olvides: la llave de la puerta sigue estando oculta bajo la piedra de río que está en la macetita de la entrada.

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